El equilibrio macroeconómico y en especial el evitar que se deterioren las finanzas públicas y que se otorguen aumentos salariales desvinculados de la productividad, garantizarán que la inflación no eche raíces.
La inflación ha sido un factor dominante de los desarrollos políticos y económicos argentinos casi desde los inicios de nuestra historia. Ya a mediados de la década de 1840 las guerras internas elevaron la tasa de inflación a niveles cercanos al ciento por ciento anual. A pesar de que durante los períodos de auge no fue un gran inconveniente, el problema inflacionario yacía latente y se tornó endémico a partir de 1950. La tasa acumulada de inflación desde ese entonces es una cifra con más de trece dígitos.
Debido a ello, los argentinos observamos, con asombro y temor, los recientes incrementos de los precios de los productos de primera necesidad. Nuestra triste historia en materia inflacionaria nos lleva a preguntarnos si estamos en los inicios de un nuevo proceso inflacionario. Mientras esto sucede, los economistas debaten acerca de los orígenes de este fenómeno y se preguntan si el mismo es la consecuencia de la emisión monetaria originada en la compra de dólares, o si es una inflación importada y derivada de incrementos en los precios internacionales de nuestros principales productos de exportación.
Considero que estos dos fac tores contribuyeron sólo marginalmente, y que los incrementos que se observan son la consecuencia del retorno de algunos precios y salarios a sus valores de equilibrio de largo plazo, y por ende del tipo de cambio real, por lo que no enfrentamos —por ahora— un proceso inflacionario preocupante.
Los índices de precios miden las variaciones en el valor de un determinado grupo de bienes y servicios. La canasta utilizada para la medición del índice de precios al consumidor refleja el patrón de consumo de una muestra promedio de argentinos en el año 1997. Es muy difícil que esta canasta coincida exactamente con el patrón de consumo de un individuo, por lo que es muy frecuente la queja de que estos índices no reflejan adecuadamente los "verdaderos" incrementos de precios.
No existe una causa única que explique las variaciones de los precios de todos los productos en el corto plazo. Los precios de los productos que se exportan se ven afectados por la evolución del tipo de cambio, los precios internacionales y los impuestos a las exportaciones, y en menor medida por los márgenes de comercialización y los costos de transporte. Los precios de los productos que se importan se ven afec tados por estas mismas variables y por los aranceles. El alza reciente de estos productos refleja los incrementos en los precios internacionales, mientras que en 2002 reflejaron la devaluación del peso, a pesar del deseo de muchos argentinos de independizar los precios locales de los precios internacionales.
Por el contrario, los precios de los servicios en general tienden a fijarse exclusivamente en los mercados locales y están determinados por la capacidad de compra de los argentinos (demanda) y por la evolución de los costos (básicamente salarios). A su vez, los precios de algunos servicios (servicios públicos, educación, salud, etc.) están influenciados por regulaciones gubernamentales, y sus variaciones dependen de acciones discrecionales de los entes reguladores, mientras que los de otros servicios (como, por ejemplo, los alquileres) están determinados en el corto plazo por la vigencia de contratos de larga duración.
La devaluación elevó los precios en pesos de los productos que se transan en los mercados internacionales pero los precios de los demás productos se mantuvieron relativamente estables debido a la recesión y al control de las tarifas públicas y de los salarios. Esto permitió que la devaluación no se trasladara en su totalidad a los precios. La reactivación económica que se observa desde mediados de 2002, el incremento en el empleo, y las distorsiones generadas por el control de tarifas de servicios públicos y las cuotas de educación y salud han llevado a que gradualmente estos precios tiendan a recuperar sus valores relativos de equilibrio. Este proceso continuará inevitablemente en los próximos meses, pero no debe ser considerado como parte de un proceso inflacionario. La velocidad del incremento de los precios (recuperación de precios relativos) dependerá en gran medida del ritmo de autorización de incrementos en los precios regulados por el Estado y el de actualización de los contratos (alquileres), pero debería agotarse gradualmente en el tiempo. Más aún, parece poco probable que los precios internacionales de los productos básicos continúen incrementándose en el corto plazo, por lo que su evolución debería contribuir a compensar los incrementos de otros precios en la economía.
Sin embargo, existen peligros de que este proceso de reacomodamiento de precios relativos se transforme en un proceso inflacionario. Esto ocurriría si las finanzas públicas se deterioran y el Gobierno se ve obligado a recurrir a la emisión para financiar sus desequilibrios (lo que por el momento parece poco probable), o si los reajustes salariales se alejan de los incrementos por productividad y se transforman en políticos.
Es esencial para nuestro desarrollo desterrar todo vestigio de inflación antes de que eche raíces. La experiencia de todos los países exitosos económicamente muestra que el mantenimiento de políticas fiscales, monetarias y salariales que garanticen los equilibrios macroeconómicos es un elemento esencial para el fortalecimiento de un proceso de desarrollo.
Ricardo H. Arriazu. Economista
CLARIN - Domingo - 08.05.2005

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